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Bandejas sensoriales con arroz, harina y un cazo: lo que de verdad se trabaja en el aula de dos años

· 6 min de lectura
Bandejas sensoriales con arroz, harina y un cazo: lo que de verdad se trabaja en el aula de dos años

El primer día que saqué una bandeja de arroz en el aula de dos años lo hice todo mal y lo hice todo a la vez. Llené la bandeja hasta el borde. La puse en mitad de la alfombra. Y lo anuncié en voz alta, con ese tonillo de «mirad lo que os he traído», a los catorce de golpe.

Medio minuto después aquello era una playa. Arroz en los calcetines, arroz dentro de la caja de los animales, arroz debajo del radiador, que es donde el arroz va a morir. Dos llorando porque no llegaban a la bandeja. Uno con el puño cerrado camino de la boca.

Charo, que llevaba veintitantos años en el aula de al lado, asomó la cabeza, miró aquello dos segundos y me dijo una frase que sigo usando: «Menos arroz y menos niños». No dijo nada más. Se fue. Y tenía toda la razón.

Qué se trabaja mientras parece que solo están jugando

Una bandeja sensorial no es un rato para que se entretengan y yo respire. Es una actividad con contenido, aunque no lo parezca desde la puerta.

  • La pinza. Coger granos de arroz de uno en uno, o dos garbanzos, o una lenteja. Es la misma mano que dentro de tres años va a coger el lápiz. Ahí se está fabricando.
  • El trasvase. Pasar de un cacharro a otro sin derramar. Eso es cálculo de cantidad, control de la muñeca y anticipación, todo junto y sin nombrarlo.
  • La atención sostenida. Un niño de dos años que se queda ocho minutos hundiendo las manos en la harina está haciendo algo que le costará bastante hacer con casi cualquier otra propuesta.
  • El vocabulario. Lleno, vacío, mucho, poco, dentro, fuera, frío, áspero, suave. Sale solo si me siento al lado y voy poniendo palabras a lo que hacen.
  • La tolerancia sensorial. Hay niños a los que la textura les da grima. Meter un dedo, luego dos, luego la mano, en su tiempo, también es trabajo.

Lo que hace falta, y está todo en la cocina

Una bandeja de horno, una fuente honda o una caja de plástico baja. Media sábana vieja o un mantel de hule debajo. Y de relleno, lo que haya: arroz, harina, sémola, copos de avena, macarrones grandes cocidos y ya fríos, garbanzos, agua con un chorro de colorante alimentario.

De utensilios, los de casa: un cazo, un cucharón, una espumadera, vasos de plástico, un embudo, hueveras, tapones de botella, cucharas de postre. Nada de comprar. Si alguien de la clase pregunta qué hace falta, la respuesta es «lo que iba a tirar».

Cómo se monta, paso a paso

Se prepara en cinco minutos, casi todo en extender la sábana.

  • Sábana en el suelo o mesa baja. Bandeja encima, con el relleno cubriendo el fondo y poco más. Que se vea el fondo de la bandeja.
  • Dos o tres utensilios. No seis. Con seis cacharros se dedican a cambiar de cacharro.
  • Dos o tres niños. Nunca el grupo entero. El resto está en otros rincones y se van rotando.
  • Yo me siento al lado, en el suelo, y hago lo mismo que ellos sin decir nada durante el primer minuto. Se copia mucho más de lo que se obedece.
  • Una sola norma, dicha una vez y repetida siempre igual: «el arroz se queda en la bandeja».

Cuánto dura de verdad, según la edad

Edad Relleno recomendado Duración realista Qué se ve
De 1 a 2 años Agua, harina, copos de avena, pasta grande cocida Tres o cuatro minutos, y se acabó Meter y sacar la mano, golpear, esparcir
De 2 a 3 años Arroz, sémola, harina, agua con colorante Entre cinco y diez minutos Llenar, vaciar, trasvasar, enterrar cosas
De 3 años en adelante Legumbres, arroz, con vasos y embudo Un cuarto de hora, a veces más Aparece el juego simbólico: cocinan, sirven, invitan

El error más común es alargarla. Cuando empiezan a tirar material fuera de la bandeja, la actividad ha terminado. No es que se porten mal, es que ya está.

El que se lo lleva a la boca

A esa edad se lo llevan a la boca. Todos, no uno. Y no es una fase que se corrija riñendo, así que el arreglo va por el otro lado: si el grupo está en edad de boca, el relleno se come. Harina, sémola, copos de avena, pasta cocida, arroz cocido, agua. Si prueba un poco, no pasa nada.

El arroz crudo, los garbanzos, las lentejas y las alubias los dejo para cuando ya no se llevan cosas a la boca, y aun así sin quitarles el ojo. Un grano duro en la vía respiratoria es un problema serio, igual que un garbanzo en la nariz o en el oído, que es la otra visita clásica al centro de salud. La web para familias de la Asociación Española de Pediatría tiene material sobre atragantamiento que merece la pena tener leído antes, no después.

Y una cosa que aprendí tarde: adulto sentado con ellos, siempre. Esta actividad no se vigila desde la mesa mientras rellenas el cuaderno de tutoría.

Recoger sin que el remedio sea peor

La sábana lo resuelve casi todo. Se levantan las cuatro puntas, se hace un hatillo y se vuelca en la bandeja. Lo que cae al suelo se barre con un cepillo y un recogedor pequeños, de los de juguete, y lo barren ellos.

Eso último no es una monada: recoger es parte de la actividad y les gusta más que la actividad. Aviso un par de minutos antes, canto siempre la misma canción de recoger y no toco nada hasta que han acabado ellos. El arroz seco se guarda en un bote y sirve para todo el curso. El que se ha mojado o mezclado con harina se tira, porque a la semana huele.

La misma bandeja en casa

Para las familias que preguntan en la puerta, la versión doméstica es más fácil todavía: la bandeja del horno encima de una toalla vieja, en el suelo de la cocina o en la terraza, medio kilo de arroz y dos cacharros. Diez minutos. Con un niño solo dura menos que en clase, porque en clase se copian entre ellos.

Y si la idea del arroz por el suelo da pereza, la bandeja de agua con un chorro de colorante y tres vasos hace exactamente el mismo trabajo, se recoge con una fregona y se puede montar en el plato de la ducha.

Lo que suele salir mal el primer día

  • Demasiado relleno. Con el fondo cubierto sobra.
  • Demasiados niños. Tres es el número.
  • Demasiados cacharros.
  • Anunciarla a bombo y platillo. Se pone y punto; ellos ya la ven.
  • Estirarla más de la cuenta. Se retira cuando todavía apetece, y así el jueves siguiente vuelven corriendo.

A mí me costó tres intentos dar con el punto. El cuarto martes había tres niñas llenando hueveras de arroz con una cuchara de postre, calladas, once minutos de reloj, mientras yo pensaba en la cantidad de fichas de grafomotricidad que no hacen ni la mitad de eso.