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Entre Tizas Recursos vivos y sin pantallas para maestros de Infantil, Primaria y familias

Las doce y cinco: qué hago con la pelea del patio cuando entran en clase

· 5 min de lectura
Las doce y cinco: qué hago con la pelea del patio cuando entran en clase

Las doce y cinco. Suena el timbre y 4º entra como entra siempre, en bloque, con ruido, con el chándal medio salido y agua por la cara. Detrás vienen dos que no entran: Iván, colorado hasta las orejas, y Marta, que me busca la mirada desde el pasillo. Hablan a la vez. «Ha sido él.» «Ella ha empezado.» Y media clase ya girada en las sillas, encantada, esperando el capítulo de hoy.

El patio se acabó hace treinta segundos. El conflicto acaba de fichar y viene a quedarse toda la tarde: en el trabajo por parejas, en la fila de la salida, en el grupo de madres a las cinco. Durante años intenté dos cosas que no me funcionaron nunca. Una era el discurso general —«vamos a ver, en esta clase nos respetamos»— con veinticuatro criaturas que no habían hecho nada mirando el reloj. La otra era el «daos la mano y a trabajar», que dura exactamente hasta el pasillo.

Lo que sí me funciona es un protocolo corto. Cuatro pasos, unos doce minutos, y sirve igual en 1º que en 6º cambiando el vocabulario.

Qué busco con esto

No busco saber quién empezó. Esa investigación no se gana nunca: siempre hay un empujón anterior, y otro, y una cosa de la semana pasada. Busco tres cosas más pequeñas y más alcanzables: que cada uno pueda contar lo suyo sin el otro encima, que aparezcan palabras donde había un empujón, y que haya un gesto concreto que repare algo. Y busco cerrar, para que a las cuatro de la tarde el tema esté muerto y no reviva el jueves.

Qué hace falta

Poca cosa, y de la que ya hay. Un rincón fuera del foco: el pasillo, la biblioteca de aula, el fondo de clase de espaldas al grupo. Dos sillas. Un cuaderno de tapa dura, de esos de toda la vida, donde apunto en cuatro líneas qué pasó, qué se acordó y la fecha. Y una tarea automática preparada para el resto del grupo: lectura silenciosa, la hoja de cálculo mental, lo que sea que sepan hacer sin mí durante diez minutos. Prepararlo cuesta cinco minutos una vez, en septiembre. Después ya está.

El protocolo, paso a paso

1. No resolverlo en la puerta (1 minuto)

«Ahora no. Entrad, sentaos, y a las y diez hablo con vosotros.» Se dice mirándoles, sin regañar y sin cara de trámite. El grupo entra, saca el libro y arranca. Esos diez minutos de espera bajan la temperatura más que cualquier cosa que yo diga en caliente. A veces incluso lo desactivan solos.

2. Escuchar por separado (2 minutos cada uno)

Primero uno, luego el otro. Nunca los dos delante, porque en cuanto hay público cada uno defiende su versión en vez de contarla. Yo no interrumpo, no matizo y no pregunto por qué. Solo: «Cuéntame qué ha pasado.» Cuando terminan, repito lo que he entendido con mis palabras y les pregunto si es eso. Ese «es eso» es la mitad del trabajo.

3. Poner palabras (3 minutos, ya juntos)

Tres preguntas y ninguna más:

  • «¿Qué has hecho tú?» —lo suyo, no lo del otro.
  • «¿Cómo te has quedado?» —contento, rabioso, ridículo, con miedo.
  • «¿Qué querías conseguir?» —jugar, que le dejaran en paz, que no le llamaran eso.

Aquí es donde salta lo de verdad. En el caso de Iván y Marta, lo del empujón era de la portería, pero lo gordo era que llevaba tres recreos sin que le pasaran el balón.

4. Una reparación que se vea (3 minutos)

Lo pactado tiene que ser concreto, pequeño y comprobable. Recoger juntos lo que se ha tirado. Devolver el juego. Contarle a la de al lado que lo que se dijo de ella no era verdad. Jugar dos recreos en el mismo equipo. Escribir cuatro líneas y dárselas en mano. Si el acuerdo es «portarse mejor», no hay acuerdo.

5. Cerrar

Lo digo en voz alta: «Esto queda cerrado. No lo sacamos más.» Lo apunto en el cuaderno y a clase. Cerrar significa que yo tampoco lo saco: ni un «a ver si hoy no repetimos lo de ayer» en la fila, ni una mirada de recordatorio. Si vuelve a pasar tres veces con los mismos, eso ya no es un conflicto de patio y toca tutoría con las familias.

Lo que no funciona

Lo de siempre Qué hago en su lugar
Sermón a los veinticuatro Hablar solo con quien tiene el problema
«Daos la mano» Un gesto concreto que repare algo
«Pide perdón» a la fuerza Que diga qué hizo y cómo se ha quedado el otro
Averiguar quién empezó Que cada uno cuente lo suyo
Resolverlo en la puerta, en caliente Diez minutos de espera con el grupo trabajando

Con niveles distintos

Infantil y 1º. No aguantan las tres preguntas. Con 4, 5 y 6 años funciona mejor un folio partido por la mitad: en un lado dibujan qué pasó, en el otro qué quieren que pase mañana. Y frases modelo, dichas por mí y repetidas por ellos: «No me ha gustado que me quitaras el coche.»

2º a 4º. El protocolo tal cual. Aquí el trabajo es que no cuenten lo del otro.

5º y 6º. A esta edad hablar delante de mí les cuesta más que a los pequeños. Les doy los dos minutos por escrito, en un papel que luego rompemos, y de ahí salimos. Y les dejo proponer ellos la reparación: se les ocurren mejores que las mías.

Al que no habla. No insisto. «Vale, hoy no. Mañana a la entrada.» Y mañana a la entrada, sin falta.

La misma idea en casa

Sirve igual para dos hermanos que acaban a gritos en el salón. No hace falta nada: la cocina, cinco minutos y separarlos primero. Uno cuenta lo suyo mientras el otro se lava las manos, luego al revés. Después las tres preguntas y un arreglo que se vea, aunque sea recoger juntos lo que se ha tirado. Y decirlo: «Esto está cerrado.» Lo difícil en casa es lo mismo que en clase: no querer saber quién empezó.

Qué sale mal la primera vez

Que uno se lanza a hacer de juez. Que la reparación queda en un «me portaré bien» y a los dos días no la recuerda nadie. Que se hace delante del grupo y los dos se ponen a actuar para el público. Y que no se cierra: se deja en el aire un «ya hablaremos», y ese ya hablaremos se pudre toda la tarde.