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Entre Tizas Recursos vivos y sin pantallas para maestros de Infantil, Primaria y familias

Cuando en el grupo tira siempre el mismo: cómo repartir el trabajo en equipo

· 5 min de lectura

Cuarto de Primaria, viernes, última hora. Cuatro mesas juntas, cinco niños por grupo y un mural del sistema solar a medias. En la mesa del fondo, Marta lleva veinte minutos recortando, pegando y decidiendo los colores. A su lado, dos compañeros hablan de otra cosa y un tercero sujeta el pegamento con una dedicación que no necesita nadie.

La escena la reconoce cualquiera que haya dado clase. Y no es cuestión de que a esos niños no les importe: es un efecto medido hace más de un siglo.

Por qué pasa: la cuerda de Ringelmann

Maximilien Ringelmann era ingeniero agrónomo francés y quería saber cuánta fuerza rendía un grupo tirando de una cuerda. Hizo las pruebas entre 1882 y 1887 y las publicó en 1913.

El resultado no fue el que esperaba. Dos personas tirando juntas no sumaban el doble: cada una aportaba alrededor del 93 % de la fuerza que hacía sola. En grupos de tres, el rendimiento individual bajaba otro 20 %. Y en grupos de ocho, cada persona tiraba aproximadamente con la mitad de su fuerza: ocho que por separado darían 800 unidades juntos daban menos de 400.

Nadie hacía trampa a propósito. Cuanto más grande es el grupo, menos se nota lo que aporta cada uno, y el esfuerzo se ajusta a eso solo.

En el aula funciona igual. No hay un niño vago en la mesa del fondo: hay una tarea en la que el esfuerzo de cada uno es invisible.

Qué se busca con esto

Que el trabajo en grupo siga siendo trabajo en grupo, pero que la aportación de cada uno se vea. Ni castigar al que se escaquea ni rescatar a Marta: cambiar el montaje para que el escaqueo no sea la salida cómoda.

Va bien de tercero a sexto de Primaria. En Infantil y primer ciclo hay que simplificarlo, y al final cuento cómo.

Qué hace falta

Cartulina de la que ya haya en clase, un rotulador y cinco minutos de preparación. Nada que comprar.

Se recortan cuatro tarjetas por grupo, del tamaño de la palma de la mano, con un papel escrito en cada una. Duran todo el curso si se plastifican o se meten en una funda de plástico.

El que escribe. Es el único que puede escribir en el mural o en la hoja final.
El que busca. Maneja el libro, el diccionario o la ficha de datos; los demás no lo tocan.
El que dibuja o monta. Recorta, pega, coloca.
El que cuenta. Es quien sale a explicar el trabajo a la clase, y no se sabe quién será hasta el final.

Paso a paso

Grupos de tres, no de cinco. Es lo primero y lo que más cambia. Con los datos de Ringelmann delante, un grupo de cinco no es un grupo grande: es un grupo donde cada uno rinde la mitad. Si sobran niños, mejor un grupo de cuatro que estirar todos a cinco.

Reparto de tarjetas, a la vista. Cada uno coge la suya y la deja boca arriba encima de la mesa. Con tres niños, el que dibuja y el que cuenta se juntan en el mismo, o rota.

La tarea se parte en piezas visibles. En vez de «haced un mural sobre los planetas», tres encargos que se ven por separado: los datos de cada planeta, el dibujo a escala y las tres preguntas que el grupo le hará a la clase al terminar. Si al mirar el mural no se puede decir qué hizo cada uno, el montaje no está bien hecho.

Rotación a mitad de tarea. Diez minutos antes del final, las tarjetas giran una posición. El que escribía busca, el que buscaba monta. Nadie se instala en el papel cómodo y todos tienen que haber entendido lo que hacían los demás.

El cierre individual de tres minutos. Esta es la pieza que sostiene todo lo demás. Al acabar, cada niño escribe en su cuaderno, en tres líneas y sin hablar con nadie: qué hice yo, qué aprendí y qué le preguntaría a mi grupo. No se puntúa el mural: se lee esto.

Preparación: cinco minutos. La actividad: entre cuarenta y cincuenta, con el cierre incluido.

Cuando el grupo tiene niveles distintos

El papel de «el que busca» es el que permite ajustar sin que se note. A quien le cuesta la lectura se le da la ficha de datos ya subrayada, con tres líneas marcadas en vez de una página entera; el papel es el mismo delante de sus compañeros y el trabajo es abarcable.

Y para quien va muy sobrado, el encargo no es más cantidad: es la pregunta difícil. En vez de copiar el diámetro de Júpiter, averiguar cuántas Tierras caben dentro y explicárselo al grupo. La misma tarea, otro escalón.

Lo que no funciona es dejar que el que va sobrado «ayude» a los demás, que es el camino corto a que lo haga todo él.

Qué suele salir mal la primera vez

Las tarjetas se quedan en decoración. Se reparten, nadie las mira y a los cinco minutos el de siempre está escribiendo. La regla que lo arregla suena dura y es corta: si escribe alguien que no tiene la tarjeta de escribir, esa parte se borra y se hace otra vez. Una vez basta.

La otra: anunciar quién va a salir a contarlo. Si se sabe desde el principio, los demás desconectan. Se sortea al final, cuando ya no hay tiempo de prepararse, y por eso todos tienen que enterarse de todo.

La misma idea en casa

Sirve para las tareas compartidas de la casa, que son el mismo problema con otro mural. Poner la mesa entre tres hermanos acaba en uno poniéndola y dos discutiendo.

Funciona igual: piezas visibles en vez de un encargo común —tú los platos, tú los vasos, tú los cubiertos—, rotación semanal para que nadie herede el papel malo, y una pregunta al final que se hace a cada uno por separado, no al grupo: qué te ha tocado hoy. Es la versión doméstica del cierre de tres minutos, y hace lo mismo: devolver visibilidad a lo que cada uno aporta.