¿Cuántas palabras nuevas puedo enseñar de verdad en una semana en Infantil y 1º, y cuáles elijo?
Entre seis y diez palabras a la semana, y se eligen las del lenguaje corriente de la escuela, no las raras del cuento. Con menos de diez o doce encuentros repartidos en días distintos, la palabra no se queda. La vía principal es la lectura en voz alta del maestro, porque así oyen palabras que todavía no saben leer solos.
En mi clase de 5 años, este octubre, una niña contó que su abuelo estaba «malo de la barriga» y otro, a dos sillas, dijo que el suyo se había «recuperado». Los dos tienen cinco años y llevan dos cursos con la misma maestra.
¿De verdad llegan a 3 años con diferencias tan grandes?
Sí, aunque la cifra famosa está discutida. El dato de los «30 millones de palabras» de diferencia viene de Hart y Risley (1995), un estudio con 42 familias. En 2017, Gilkerson y su equipo repitieron la medición con grabadoras de día completo y les salió una diferencia mucho menor, en torno a cuatro millones. Y en 2019, Sperry, Sperry y Miller publicaron en Child Development una réplica en la que, contando todo lo que el niño oye en casa (la abuela, los primos, la tele de fondo, los adultos hablando entre ellos), la brecha se estrechaba todavía más.
Lo que no está discutido es lo de dentro del aula: hay niños de 3 años que entran sabiendo qué es «montón», «parecido», «al revés» o «antes», y hay niños que no. Esas son las que hacen falta para seguir una consigna.
¿Se cierra sola con los años o se ensancha?
Se ensancha, salvo que alguien se ponga. Es lo que Stanovich llamó en 1986 el efecto Mateo: el que tiene más vocabulario entiende más de lo que lee, lee con más gusto, lee más, y aprende más palabras leyendo. El que entiende menos lee menos y se queda donde estaba.
Donde se nota es en 4º. Chall, Jacobs y Baldwin describieron en 1990 lo que llamaron el bache de cuarto: hasta 3º los textos escolares explican las palabras difíciles o las rodean de dibujos, y a partir de ahí dan por sabido el vocabulario y se ponen a explicar conceptos. Un niño con poco vocabulario aprueba 1º y 2º descodificando bien y se atasca en 4º sin que nadie sepa decir por qué. Su problema no es la lectura mecánica; es que no sabe qué significa «escaso», «mediante» o «a su vez».
¿Qué palabras elijo?
Beck, McKeown y Kucan ordenaron el vocabulario en tres grupos en Bringing Words to Life (2002). El del medio es el que da beneficio.
| Grupo | Qué es | Ejemplos | ¿Lo trabajo? |
|---|---|---|---|
| 1 | Palabras que ya traen todos | mesa, correr, perro, frío | No hace falta |
| 2 | De uso frecuente en el lenguaje de la escuela y de los libros, en cualquier área | escaso, mezclar, semejante, a menudo, sujetar, molesto, brusco | Sí, estas |
| 3 | Técnicas de un tema concreto | estambre, península, esdrújula | Al hilo del tema, no aparte |
La prueba rápida: si la palabra le va a servir en Cono, en Lengua y en el patio, es del grupo 2. Si solo sirve para el cuento del dragón, se explica al pasar y se sigue.
¿Cuántas veces tiene que oírla?
McKeown y su equipo compararon en 1985 cuatro encuentros con una palabra frente a doce. Con cuatro, los niños la reconocían en un test. Con doce, la entendían dentro de un texto. Beck y McKeown proponen unas 400 palabras al curso trabajadas a fondo, que salen a ocho o diez por semana. En Infantil bajo a seis.
Así reparto la semana. Preparación: diez minutos el domingo o el viernes por la tarde, que es elegir las palabras del cuento y escribirlas en un papel.
| Momento | Qué hago | Tiempo |
|---|---|---|
| Lunes, lectura en voz alta | Leo el cuento entero sin parar. Al final, digo las seis palabras y las explico con una frase de andar por casa | 15 min |
| Martes a viernes, asamblea | Las saco en una pregunta: «¿quién ha estado impaciente esta mañana?» | 3 min |
| Toda la semana, al vuelo | Las uso yo en la fila, en el comedor, recogiendo. Ahí están la mitad de los encuentros | 0 |
| Miércoles y viernes | Releo el mismo cuento. Repetir el libro es parte del método | 10 min |
Biemiller y Boote lo midieron en 2006: releer el mismo álbum varias veces dejaba prendido alrededor del 12 % de las palabras nuevas; añadir una explicación corta al pasar subía esa cifra por encima del 20 %. No parece mucho hasta que se multiplica por 35 semanas.
¿Por qué leo yo y no ellos?
Porque un niño de 6 años lee libros de su nivel de descodificación, y esos libros están escritos con palabras que ya sabe. Montag, Jones y Smith compararon en 2015 el vocabulario de los álbumes ilustrados con el del habla que los adultos dirigen a los niños: los libros tienen bastantes más palabras distintas. Leyendo yo, el techo lo pone mi voz, no su mano. Y mientras él descodifica no le queda cabeza para atender al significado.
Esto no quita ni un minuto de la lectura en voz alta de ellos, que sirve para otra cosa.
¿Y si el grupo va a niveles muy distintos?
Las mismas seis palabras para todos, y cambio lo que pido. A los que las traen de casa les pido que las digan en una frase con un «porque» dentro. A los que no, les pido que señalen o que hagan el gesto: «poned cara de impaciente». Separar palabras por niveles agranda la distancia, que es justo lo que se quiere evitar.
Con alumnado que llega sin español, esas seis palabras van con objeto o con foto delante. Y se las digo a él primero, aparte, treinta segundos antes de la asamblea, para que en el grupo pueda contestar.
¿Cómo se hace esto en casa?
Sin material, sin fichas y sin comprar nada. Un cuento leído en alto, el mismo tres noches seguidas. Cuando aparezca una palabra difícil, no se cambia por otra más fácil: se dice y se explica en cinco segundos («atardecer es cuando se está poniendo el sol»). Y usarla al día siguiente en la cena.
Las familias que hablan otra lengua en casa deben seguir hablándola. Un niño con vocabulario rico en su lengua lo transfiere; uno con vocabulario pobre en dos lenguas no tiene de dónde tirar.
¿Qué sale mal la primera vez?
Elegir palabras bonitas en vez de útiles. El primer año saqué «crisálida» y «guarida» de un cuento y quedaron preciosas en la pared. En marzo no las usaba nadie.
El otro fallo es ponerlas en un mural y darlo por hecho. La palabra se aprende porque la maestra la dice ocho veces esa semana en sitios donde no tocaba, no porque esté colgada.