Derivé a Iván en octubre y el informe llegó en marzo: qué hice en esos cinco meses
Iván entró en 2º copiando de la pizarra a una velocidad que no era la de nadie más. Cuando los demás iban por la tercera línea, él seguía en la primera, y no porque estuviera en las nubes: se le veía apretar el lápiz, mirar, buscar dónde se había quedado, volver a mirar. En octubre rellené la hoja de derivación, la dejé en jefatura y me quedé razonablemente tranquila. Ya estaba en marcha.
El informe llegó a mediados de marzo.
Cinco meses. De septiembre a marzo hay un curso entero de un niño de siete años, y yo me pasé los dos primeros esperando a que alguien me dijera qué le pasaba a Iván para empezar a hacer algo. Esos dos meses los perdí yo, no el orientador.
Por qué se tarda tanto y por qué no es culpa del orientador
En Primaria, en la mayoría de comunidades, el orientador no es del centro. Pertenece a un equipo externo —EOE, EOEP, el nombre cambia según dónde estés— y lleva varios colegios a la vez. Aparece un día a la semana, a veces uno cada quince días, y en ese día tiene que atender las derivaciones nuevas, revisar las de años anteriores, pasar pruebas, redactar, reunirse con familias y con tutores, y responder a lo que haya explotado esa mañana.
La COPOE, que agrupa a las asociaciones de orientación de todo el Estado, lleva años pidiendo una ratio de un orientador por cada 250 alumnos. Ninguno de los orientadores con los que he trabajado se acerca a esa cifra. La que tenemos ahora lleva tres colegios. Cuando le enseñé mi lista de derivaciones pendientes en noviembre, me enseñó la suya: veintitantas, y la mía estaba en el sitio que le tocaba por orden de entrada.
Así que el cálculo que hay que hacer no es «cuándo llegará el informe», sino «qué hago yo entre hoy y el día que llegue».
Lo que puedo poner en marcha sin ningún papel
Esto me costó entenderlo. Las medidas ordinarias de atención a la diversidad no necesitan informe psicopedagógico. Son decisiones de aula, mías, y las puedo tomar el lunes que viene. Lo que necesita informe es otra cosa.
| Lo hago yo mañana, sin informe | Necesita informe del orientador |
|---|---|
| Sentarlo delante, cerca de mí | Adaptación curricular significativa |
| Darle la mitad de ítems de la ficha | Apoyo del aula de PT o AL |
| Ampliar el tiempo de un control | Flexibilización o permanencia |
| Fotocopiarle lo de la pizarra en vez de que copie | Reconocimiento como alumno con necesidades específicas |
| Leerle el enunciado en voz alta | Recursos externos, transporte, equipos específicos |
| Cambiar el tipo de letra y el tamaño de sus fichas | Cualquier medida que implique horario o personal ajeno al aula |
Con Iván empecé por lo más tonto: dejé de pedirle que copiara los enunciados. Se los daba fotocopiados y él resolvía. La primera semana terminó tres actividades de matemáticas por primera vez desde septiembre. No hacía falta un informe para descubrir eso; hacía falta que a mí se me ocurriera antes.
La hoja de los viernes
Lo segundo que hice fue empezar a apuntar. Cinco minutos los viernes, a última hora, con el aula ya vacía. Un folio por alumno derivado, tres columnas.
- Qué probé esta semana. «Enunciados fotocopiados en Arial 14.»
- Cuánto duró y en qué momento. «Lunes y miércoles, sesión de mates, 45 minutos.»
- Qué pasó, sin interpretar. «Terminó 4 de 6 problemas. El miércoles se levantó dos veces.»
La tercera columna es la que cuesta. La primera vez que lo hice escribí cosas como «está desmotivado» o «no le interesa nada», y eso no le sirve a nadie. Un juicio no se puede contrastar. Una conducta sí: cuántos problemas terminó, cuántas veces se levantó, cuánto tardó en empezar después de que yo diera la instrucción. Cuando en marzo la orientadora se sentó conmigo, no le conté impresiones. Le puse veintidós folios delante y me dijo que con eso se ahorraba dos sesiones de observación. Buena parte de lo que apunté acabó dentro del informe.
El error de la primera vez es querer registrarlo todo: cinco alumnos, todos los días, todas las áreas. Eso se sostiene diez días y se abandona. Un alumno, un momento fijo de la semana, tres líneas.
Qué le digo a la madre que pregunta cada lunes
La madre de Iván me esperaba en la puerta. Al principio yo decía «ya está pedido, en cuanto sepa algo te cuento», que es una manera educada de no decir nada, y ella volvía el lunes siguiente. Lógico: le había dado una espera sin fondo.
Cambié tres cosas y se acabaron las emboscadas en la puerta.
- Le dije la verdad sobre los plazos. Que la orientadora lleva tres colegios, que hay una lista y que su hijo está en ella. No prometí ninguna fecha, porque no la tenía.
- Le puse yo la cita, en vez de esperar a que ella me buscara. Primer viernes de cada mes, quince minutos en tutoría. Saber cuándo va a hablar contigo desactiva la mitad de la ansiedad.
- Le enseñé la hoja. Física, en la mano. Ver por escrito lo que se está probando con tu hijo cada semana es muy distinto de que te digan que se está haciendo lo posible.
Lo que no hice fue diagnosticar. Ni una palabra sobre dislexia, ni sobre déficit de atención, ni sobre nada que termine en siglas. No es mi trabajo y equivocarme ahí sale carísimo: la familia se queda con la etiqueta que le has dado tú y luego no hay informe que la despegue.
Si el que espera es tu hijo
Para las familias que estén en ese hueco: no hace falta esperar al informe para cambiar cosas en casa. Reducid la tarea de la tarde a la mitad y avisad al tutor de que lo habéis hecho —un niño que tarda el doble no necesita el doble de deberes, necesita los mismos que los demás en el tiempo que él tiene—. Apuntad vosotros también, aunque sea en el móvil: a qué hora empezó, cuánto aguantó, qué día lloró. Y si podéis, adelantad por vuestra cuenta la revisión de vista y oído, que es gratis en el centro de salud y descarta lo primero que hay que descartar.
El informe de Iván confirmó parte de lo que yo sospechaba y desmontó otra parte. Para entonces él ya llevaba cinco meses trabajando con enunciados fotocopiados y fichas con la mitad de ítems, y había pasado de terminar una actividad a terminar cuatro. Ninguna de esas dos cosas necesitaba un papel firmado.