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Entre Tizas Recursos vivos y sin pantallas para maestros de Infantil, Primaria y familias

El niño del que decimos «es que es así»: qué apunto cuando no hay ningún informe

· 6 min de lectura
El niño del que decimos «es que es así»: qué apunto cuando no hay ningún informe

En 2º de Primaria tuve un curso a un niño al que todos los años le habían puesto la misma frase. «Es que es así.» Lo decía la maestra anterior en el traspaso, lo decían las familias en el grupo del colegio, lo decía su madre en la primera tutoría, con una media sonrisa de disculpa. Se cansaba antes que los demás. Se quejaba de la mano al escribir. Se caía en el patio más de lo que se cae a los siete años. En noviembre le pedí a la orientadora que lo mirara y volvió con lo de siempre: no llega a los criterios de nada. Sin informe. Sin recursos. Sin nada que hacer, en teoría.

Yo no soy quién para decir qué le pasaba a aquel niño. Sigo sin saberlo. Pero desde entonces hago una cosa distinta con los alumnos que se me quedan en esa tierra de nadie, y es lo que quiero contar aquí, porque no cuesta dinero, se prepara en diez minutos y se puede empezar el lunes.

Por qué me acordé de esto leyendo una historia que no va de escuela

Ashley Zambelli es estadounidense y supo en febrero de 2023, con 23 años, que tiene síndrome de Down en mosaico. Se enteró estando embarazada de 23 semanas de su tercera hija. El hilo no empezó por ella: a su hija Katherine se lo detectaron en la semana 14 de gestación, y al estudiarla a ella apareció el mosaicismo. En el síndrome de Down en mosaico —alrededor del 2 % de los casos— la copia extra del cromosoma 21 no está en todas las células, solo en parte, y por eso los rasgos pueden ser leves o no verse.

Lo que a mí me golpeó no fue la genética. Fue la lista de antes. De pequeña tuvo luxaciones de rodilla, problemas de mandíbula que le limitaban el movimiento de la boca y taquicardia. Cosas que se ven, que se van al médico, que se apuntan en algún sitio. Nadie las relacionó entre sí. Cada una era un asunto suelto que se resolvía por su cuenta, y así se pasaron veintitrés años. Ella lo cuenta en primera persona y repite que la gente no se lo cree cuando lo dice.

No estoy insinuando que en nuestras clases haya cromosomas sin descubrir. Estoy diciendo otra cosa, mucho más pequeña y mucho más nuestra: los síntomas sueltos no se juntan solos. Alguien tiene que ponerlos en la misma hoja. Y nosotras, que vemos al mismo niño cinco horas al día, ciento ochenta días al año, en el patio, en el comedor, escribiendo y corriendo, estamos en un sitio en el que no está ningún otro adulto de su vida.

Qué busco con esto

No un diagnóstico. Eso no nos toca, no lo sabemos hacer y hacerlo rompe cosas. Busco una descripción tan concreta que se pueda leer en voz alta delante de la familia y delante del pediatra sin que nadie tenga que fiarse de mi criterio. Una descripción así es lo que a veces destraba un proceso que llevaba años parado en «es que es así».

Qué hace falta

  • Una libreta pequeña, de las de bolsillo, o media hoja pegada dentro del cuaderno de la tutoría.
  • Un boli. Nada más.
  • Diez minutos para prepararla el domingo. Dos minutos al día durante tres semanas.

El paso a paso

1. Elige tres momentos fijos. Uno de entrada o asamblea, uno de tarea escrita, uno de patio o de educación física. Siempre los mismos. Si el registro depende de cuándo me acuerdo, acabo apuntando solo los días malos y la libreta miente.

2. Fecha, hecho, y qué pasaba antes y después. Una línea. «12 de noviembre, copia del encerado: para a los cuatro renglones, se sacude la mano derecha, sigue. Lo hace dos veces en veinte minutos.» Eso vale. «Está desmotivado» no vale.

3. La prueba de la puerta. Si alguien que se asomara a la puerta en ese momento no pudiera ver lo que he escrito, es una interpretación mía y fuera. Nada de vago, despistado, consentido, inmaduro, tímido. Adjetivos ninguno. Los adjetivos son justo lo que hace que la familia se ponga a la defensiva y lo que hace que un informe no diga nada.

4. A las tres semanas, releer buscando parejas. No una señal aislada, sino cuáles aparecen juntas y con qué. En la libreta de aquel niño, la queja de la mano y las caídas del patio caían en los mismos días. Yo no sabía qué significaba. Pero era un patrón, y estaba escrito con fechas.

5. La conversación con la familia. Leo lo apuntado tal cual, sin traducirlo. Después una sola pregunta: «¿esto en casa lo veis?». Y me callo. No nombro ningún trastorno, ni siquiera para descartarlo, porque en cuanto una maestra pronuncia una palabra de esas, la familia se pasa el fin de semana buscándola y la conversación ya no vuelve. Cierro ofreciendo la libreta: «esto os lo doy fotocopiado por si le sirve a quien lo vea».

Y mientras tanto, apoyos sin esperar al papel

Ninguno de estos necesita autorización, ni recursos, ni que nadie firme nada:

  • Sentarlo donde le llegue mi voz sin que tenga que girarse.
  • Partir la tarea en dos trozos con una marca de lápiz, en vez de darle la hoja entera.
  • Consignas de una sola acción. «Abre el cuaderno.» Y luego la siguiente.
  • Un recado a mitad de mañana: llevar algo a secretaría es un descanso motor que no lo señala delante de nadie.
  • Dejarle escribir en vertical, en la pizarra o en un papel pegado a la pared, cuando la mano se le cansa en la mesa.
  • Preguntarle a él. En 3º, 4º, 5º y 6º lo saben perfectamente: «¿qué es lo que más te cuesta de esto?» suele dar más información que tres semanas de observación mía.

Si en clase hay veinticinco y niveles muy distintos

Con veinticinco no se puede llevar una libreta de cada uno, así que llevo dos por trimestre. Dos. Los elijo en octubre y no cambio hasta enero. En Infantil, donde todavía no hay tarea escrita, cambio los tres momentos: la percha, la fila del baño y el rincón que elige libremente, que dice muchísimo. En 5º y 6º, en cambio, empiezo por sus cuadernos viejos: los del curso pasado enseñan cuándo se cae el rendimiento dentro de una misma página, y eso ya está registrado sin que yo haga nada.

Lo mismo, en casa

A las familias que llegan a la tutoría diciendo «llevo años notando algo pero en el médico me dicen que es normal» les propongo la misma libreta, en la mesa del salón, tres semanas. Fecha, qué pasó, qué había antes. Los dolores de tripa de los domingos por la tarde, las noches que no duerme, las veces que se queja de la luz. Sin adjetivos y sin conclusiones. Cinco folios con fechas encima de la mesa de una consulta pesan distinto que «es que está muy nervioso», y el que los lee puede juntar cosas que ni la familia ni yo sabíamos que iban juntas.

Lo que sale mal la primera vez

Se llena de adjetivos, casi seguro. Los tres primeros días escribimos «apático» sin darnos cuenta; hay que tacharlo y volver a escribir qué se vio. También se apunta solo lo malo, y entonces la libreta parece un expediente: si el martes trabajó cuarenta minutos seguidos, eso va dentro, y va con la misma letra. Y el error que más cuesta reparar es soltarle a la familia una sospecha con nombre. Se dice una vez y se pierde la confianza para todo el curso. Nosotras describimos. Juntar las piezas es de otros, pero sin las piezas nadie junta nada.