El rincón de ajedrez: empezar por los finales y no por las aperturas
Un niño de segundo se sabe de memoria los tres primeros movimientos de una apertura porque se los enseñó su hermano. Los hace siempre, en el mismo orden, y en cuanto el otro juega algo raro se queda mirando el tablero sin saber qué hacer. Le sale la cara de haberse quedado sin guion.
Esa escena se repite en cualquier rincón de ajedrez de un colegio, y no pasa solo con el ajedrez.
El niño que no se aprendió las jugadas
En 1901, en La Habana, un chaval de doce años se sentó a jugar contra el campeón de Cuba. Le dejaron sentarse por curiosidad. Se llamaba José Raúl Capablanca y ganó el encuentro.
Veinte años después fue campeón del mundo, y entre 1916 y 1924 estuvo ocho años sin perder una partida contra los mejores del planeta. Sus contemporáneos se pasaban la vida encerrados memorizando variantes. De él se decía que miraba el tablero y sencillamente veía lo que iba a pasar.
Esa parte es medio leyenda —trabajaba más de lo que contaba— pero la diferencia de fondo es real y es la que nos sirve a nosotras: unos habían memorizado posiciones y él entendía por qué esas posiciones funcionaban. Cuando aparecía algo que no estaba en el libro, los primeros se quedaban sin nada y él seguía jugando.
Para qué sirve esto un lunes por la mañana
Para lo mismo con las tablas de multiplicar, con las restas llevando y con los problemas.
Un niño que se sabe que siete por ocho son cincuenta y seis, y nada más, se queda tan parado como el de la apertura en cuanto le preguntas cuánto son siete por nueve. Uno que ha entendido que puede sumar otro siete, llega. Más lento, pero llega. Y a la tercera vez ya no necesita sumarlo.
La memoria no es el enemigo: memorizar va muy bien y ahorra tiempo. Lo que no puede es ir primero.
Tres cosas para el rincón de ajedrez
Para segundo y tercero de Primaria, con un tablero y quince minutos.
1. Empezar por los finales, no por el principio. Es lo contrario de lo que hace todo el mundo y es lo que hacía Capablanca. Pon en el tablero solo un rey y un peón contra un rey y que intenten coronar. Con tres piezas se ve todo y se puede pensar. Con treinta y dos, un niño de siete años no ve nada y hace lo que le suena.
Preparación: ninguna. Duración: diez minutos, tres o cuatro intentos.
2. La pregunta antes de mover. Regla del rincón: antes de tocar una pieza hay que decir en voz alta qué crees que va a hacer el otro después. No hace falta que acierte. Hace falta que lo diga.
Es la actividad que más cambia el juego de un grupo, y no es de ajedrez: es de anticipar. Sirve igual en un problema de matemáticas —«¿qué crees que te va a salir, más o menos que diez?»— antes de hacer la cuenta.
3. Jugar sin poder repetir la primera jugada. Si en la partida anterior empezaron con el peón de rey, hoy no vale. Se acabó el piloto automático y hay que mirar el tablero.
Cuando el grupo tiene niveles distintos
Es lo habitual: dos o tres saben jugar de casa y el resto no ha visto un tablero. Si los dejas emparejados libremente, los que saben se aburren y los que no, se hunden.
Lo que funciona es quitarle piezas al que sabe. Que juegue sin las dos torres contra alguien que empieza. Nadie se ofende porque se plantea como un reto —«a ver si eres capaz»— y las partidas se igualan de verdad. Y el que sabe, sin torres, tiene que pensar por primera vez.
Qué suele salir mal la primera vez
Que quieran jugar partidas enteras desde el primer día y acaben las dos sesiones siguientes moviendo sin mirar. El tablero completo es demasiada información para empezar. Tres piezas, un objetivo y quince minutos dan mucho más que una partida larga que no termina.
Para llevárselo a casa
Sin tablero. Con cualquier juego que haya por casa, incluidas las cartas: la misma regla de decir en voz alta qué va a hacer el otro antes de jugar tu turno. Cuesta cero y es lo único de todo esto que hay que hacer siempre.
Capablanca murió en 1942, en un club de ajedrez de Nueva York, charlando con unos amigos. De él se recuerdan las partidas, pero lo que se puede enseñar a un niño de siete años no es cómo jugaba: es que miraba antes de mover.