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Ligada o de imprenta: qué cambia de verdad en la mano de un niño de 1º

· 7 min de lectura
Ligada o de imprenta: qué cambia de verdad en la mano de un niño de 1º

El primer claustro de septiembre duró cuarenta minutos y treinta y cinco se fueron en esto. Marisa lleva veintidós cursos y empieza siempre igual, con letra ligada desde octubre. La compañera que venía nueva de un centro de la sierra dijo que allí arrancaban con mayúscula de imprenta y pasaban a la ligada en el segundo trimestre, y que le iba bien. La jefa de estudios miró el reloj. Alguien sacó el móvil y leyó en alto un titular sobre unos investigadores noruegos y los electrodos, y ahí se acabó la discusión porque nadie sabía muy bien qué decir después.

Ese titular lo hemos citado todas. Merece la pena mirar qué dice exactamente, porque no dice lo que creemos.

Los electrodos de Trondheim miden otra cosa

El grupo de Audrey van der Meer y Ruud van der Weel, en la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología de Trondheim, lleva años poniendo gorros de EEG de alta densidad —doscientos y pico electrodos— a personas mientras escriben. En el trabajo que se publicó en Frontiers in Psychology en enero de 2024, con estudiantes universitarios, compararon escribir a mano con un lápiz digital frente a teclear la misma palabra. Al escribir a mano aparecía una conectividad mucho más extendida entre zonas del cerebro, sobre todo en las bandas theta y alfa, y en las regiones parietales y centrales. Al teclear, eso no aparecía.

La lectura que hacen los autores es prudente y es la que a mí me sirve: el movimiento de formar cada letra, controlado con precisión y distinto para cada una, da al cerebro un anclaje que pulsar teclas idénticas no da. De ahí su recomendación de que en la escuela se siga escribiendo a mano.

Ahora la parte que nos deja donde estábamos: ese estudio compara mano contra teclado, no ligada contra imprenta. Ninguno de esos electrodos ha opinado nunca sobre si conviene empezar con enlaces. Cuando en el claustro sacamos Trondheim para defender la ligada, estamos usando un argumento que sirve para otra guerra —la de las tabletas— y que en esta no decide nada.

Lo que sí se ve en 1º con una y con otra

Sin datos de laboratorio, con lo que se ve en veinte cuadernos:

  • La imprenta se copia antes. Un niño de seis años reproduce una o y una l sueltas casi sin ayuda. Coinciden además con lo que ve en los libros, en los carteles y en el móvil de casa, y eso le facilita el paso de leer a escribir.
  • La ligada obliga a no levantar el lápiz, y ahí se gana algo que luego se nota: la palabra se convierte en un solo gesto continuo, y la separación entre palabras deja de ser una decisión que hay que tomar veinte veces por línea. Los que empiezan ligado suelen tener antes esa noción de dónde acaba una palabra.
  • La ligada cuesta más al principio. Las primeras seis o siete semanas la letra va más lenta y más fea que la de imprenta. Eso asusta a las familias en octubre y es lo que hay que anticiparles en la reunión de inicio de curso, con esas palabras.

Mi postura, después de bastantes primeros ciclos: importa menos cuál eliges que si el centro entero hace lo mismo. Un niño que en 1º liga, en 2º copia de imprenta porque la maestra prefiere eso y en 3º vuelve a ligar, pierde más que el que hace cualquiera de las dos de forma seguida tres cursos.

Cuándo se quita la pauta

La doble raya no se retira por calendario, se retira por lo que hace la mano. Yo miro tres cosas en una copia de cuatro líneas: si las letras altas llegan arriba sin pasarse, si las bajas no se salen por debajo, y si la línea de escritura no se cae hacia la derecha al final del renglón. Cuando eso se sostiene tres o cuatro trabajos seguidos, paso de pauta doble a raya simple. Suele caer entre finales de 1º y el primer trimestre de 2º, y hay quien llega a 3º con doble raya sin ningún drama.

El paso intermedio que mejor me funciona: una semana con la hoja de raya simple y una tira de cartulina debajo del renglón, que el niño va bajando. Le sujeta la vista sin sujetarle la letra. Se prepara en dos minutos con una cartulina cortada a lo largo.

El que aprieta hasta agujerear la hoja

Todos los años hay uno. Aprieta tanto que se le marca en la página siguiente, y a la media hora suelta el lápiz y dice que le duele la mano. Reñirle no sirve, porque no lo está haciendo aposta: está compensando con fuerza lo que todavía no controla con precisión.

Lo que suelo hacer, sin sacarlo del grupo:

  • Papel blando debajo. Dos o tres folios sueltos bajo la hoja, o una funda de plástico. Si aprieta, se hunde y no rompe. Es una tirita, pero salva el cuaderno mientras trabajamos lo otro.
  • Cinco minutos de mano antes de escribir. Amasar una bola de plastilina, apretar una pinza de la ropa diez veces con cada mano, arrugar una hoja de periódico con una sola mano hasta hacerla pelota. Se prepara en cero minutos y lo hacemos en la mesa mientras reparto los cuadernos.
  • Lápiz más blando y más gordo. Un 2B deja marca sin necesidad de fuerza. Cuesta lo mismo que el HB de siempre y es el cambio que antes se nota.
  • Escribir de pie contra la pared. Cinco minutos con el folio pegado a la pizarra o a la pared: en vertical no se puede apretar igual, la muñeca se coloca sola.

El zurdo al que se le tapa lo que escribe

Esto se arregla casi siempre con la colocación, y casi nunca hablando de la letra. Tres ajustes:

El papel se gira al otro lado. Al diestro le inclinamos la hoja hacia la izquierda; al zurdo hay que inclinársela hacia la derecha, bastante, hasta cuarenta grados. Con eso la mano deja de ir por delante de lo escrito y el niño ve lo que acaba de hacer.

Que coja el lápiz más arriba, a dos dedos de la punta en lugar de pegado. Marco el sitio con una gomita elástica enrollada.

Sitio en la mesa. Zurdo a la izquierda de su compañero, nunca a la derecha: si no, chocan los codos toda la mañana y el que acaba encogido es él. Y la luz, entrando por la derecha.

Qué suele salir mal la primera vez

Que empezamos por las letras en vez de por los enlaces. Si en octubre pides palabras ligadas a un grupo que aún no domina el bucle continuo, tienes veinte cuadernos con letras de imprenta pegadas con un rabito. La secuencia que a mí me funciona es al revés: dos semanas de guirnaldas, bucles y ondas sin ninguna letra —renglones enteros de eeee, de olas, de muelles—, y solo después las palabras. Se prepara en cinco minutos y ocupa diez de clase al día.

El otro fallo clásico es corregir la letra en rojo encima de lo escrito. Lo hemos hecho todas y no cambia nada, porque el niño no puede rehacer un gesto viendo el resultado; lo cambia viendo el movimiento. Es más rápido sentarse al lado y escribirle la palabra tú, despacio, mientras te mira la mano.

En casa, sin material de aula

A las familias que preguntan qué pueden hacer les digo tres cosas, y ninguna necesita comprar nada. Una: dejarle escribir cosas que sirvan —la lista de la compra, una nota para los abuelos, los nombres en los tuppers—, porque la letra mejora cuando alguien la va a leer de verdad. Dos: cinco minutos de bucles y ondas en un folio en blanco mientras se hace la cena, sin corregir nada, solo que la línea no se pare. Tres: no comprar cuadernillos de caligrafía en octubre. Cuando el niño está peleando con la ligada, veinte páginas de la misma letra le confirman que se le da mal. Mejor una nota corta al día.

Y si el debate vuelve al claustro el septiembre que viene, que vuelva. Solo con una pregunta distinta encima de la mesa: no cuál es mejor, sino qué hacen en 2º, en 3º y en 4º con lo que empezamos nosotras.

El estudio de Trondheim, por si alguien quiere leerlo entero, está publicado en abierto: Handwriting but not typewriting leads to widespread brain connectivity.