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Entre Tizas Recursos vivos y sin pantallas para maestros de Infantil, Primaria y familias

Llega en noviembre y no habla español: las primeras seis semanas en el aula ordinaria

· 6 min de lectura
Llega en noviembre y no habla español: las primeras seis semanas en el aula ordinaria

Era un martes de noviembre, a las nueve y diez. Jefatura me pasó un papel con un nombre y una fecha de nacimiento y me dijo lo de siempre: «Te entra uno nuevo en 4º, viene esta mañana». A las diez estaba en la puerta con su madre y con un primo de 2º de la ESO que hacía de intérprete. La madre hablaba árabe y algo de francés. El niño, nueve años recién cumplidos, no dijo nada. Miraba el suelo del pasillo.

Pregunté por el aula de enlace. Me dijeron que sí, que había solicitud, que ya me avisarían. Nos avisaron en febrero.

Aquellas seis semanas hasta Navidad las llevé fatal. Le puse fichas de colorear porque no se me ocurría otra cosa, y cada vez que pasaba por su mesa y veía el mismo dibujo de un pez pintado de azul me subía una sensación muy concreta de estar haciéndolo mal. La siguiente vez que me llegó un alumno así ya tenía un plan. No es un plan bonito, pero funciona y se prepara en una tarde.

Con quién estamos hablando

Conviene saber el tamaño de la cosa. En las enseñanzas no universitarias españolas hay más de un millón de alumnos y alumnas de nacionalidad extranjera, en torno a uno de cada diez, según las estadísticas del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes. Marruecos es desde hace años la primera nacionalidad, y detrás vienen Rumanía y varios países de América Latina.

Ese detalle explica por qué esto nos pilla a contrapié: una parte grandísima del alumnado extranjero de nuestras aulas llega hablando español. Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador, Argentina. Nos acostumbramos a que la incorporación tardía sea un asunto de adaptación y de currículo, no de lengua. Y luego llega el niño de Tánger, la niña de Kiev o el hermano mayor de una familia de Pakistán, y descubrimos que no teníamos nada preparado.

El periodo de silencio: no está en blanco, está escuchando

Lo primero que hay que quitarse de la cabeza es que el silencio sea un problema. Cuando un niño se ve inmerso en una lengua que no conoce, lo habitual es que pase por una etapa en la que comprende cada vez más y no produce casi nada. Patton Tabors lo describió en su trabajo sobre segundas lenguas en la primera infancia: primero siguen usando su lengua con quien sea, luego entran en una fase no verbal en la que observan y ensayan por dentro, después sueltan fórmulas hechas («no sé», «¿puedo?», «ya está»), y solo entonces empiezan a construir frases propias.

Esa fase muda puede durar semanas o varios meses. Es trabajo, no ausencia de trabajo. Presionar para que hable en octubre lo único que consigue es que el niño asocie hablar con pasarlo mal.

Lo segundo es la trampa contraria, y es más peligrosa porque llega cuando ya estamos tranquilos. En febrero el niño se defiende en el patio, pide agua, entiende una broma, y damos el tema por cerrado. Jim Cummins distingue entre esa lengua de la conversación, que suele asentarse en uno o dos años, y la lengua académica, la de los enunciados de problemas y los textos de Sociales, que necesita entre cinco y siete. El alumno que juega bien al fútbol en español todavía no entiende «rodea la respuesta correcta» ni «según el texto anterior».

Qué hace falta, y cuesta menos de diez euros

  • Un cuaderno grande, del más barato, que va a ser su diccionario de imágenes.
  • El móvil, para fotografiar objetos y rincones reales de vuestro colegio: el baño, la fila, la percha, la fuente, la mochila, el comedor.
  • Una decena de fundas de plástico o una plastificadora del cole para las tarjetas de rutina.
  • Un traductor en el móvil, para la familia y para urgencias. Para clase, casi nunca.
  • Dos compañeros voluntarios que se turnan cada semana. Dos, no uno.

El plan, semana a semana

Semanas Qué le pido Qué NO le pido
1 y 2 Que sepa dónde está el baño, con quién sale al patio y qué toca ahora. Señalar. Copiar su nombre. Repetir números y colores en juego oral. Hablar. Leer en voz alta. Entregar nada escrito.
3 y 4 Etiquetar la clase con él: mesa, ventana, silla, puerta. Su cuaderno de imágenes con veinte palabras dibujadas y escritas. Fórmulas de supervivencia. Que siga la clase de Lengua. Dictados. Exámenes.
5 y 6 Entrar en Mates por el cálculo, que es la única asignatura donde puede ir a su nivel real desde el primer día. Entrar en Plástica y en Educación Física con el grupo entero, sin adaptación. Producción escrita larga. Comprensión lectora de textos del libro.

El cálculo merece un párrafo aparte. Un niño de 9 años escolarizado en Marruecos, en Rumanía o en Ucrania sabe multiplicar. Puede que con otro algoritmo de la división, que le pongan la coma decimal distinta, que use otra grafía para el uno o el siete. Ponle una hoja de multiplicaciones el segundo día y verás cómo se le endereza la espalda. Es la primera vez en la semana que es bueno en algo delante de los demás, y eso vale más que quince fichas de vocabulario.

Cuando en el grupo hay niveles muy distintos

Dentro de la etiqueta «no habla español» caben situaciones que no se parecen en nada. Pregunta a la familia, con el intérprete que haga falta, dos cosas: cuántos años ha ido al colegio y en qué alfabeto lee.

  • Alfabetizado en alfabeto latino (Rumanía, Polonia, Brasil): descifra en español en pocas semanas aunque no entienda lo que lee. Trabaja el significado, no la mecánica.
  • Alfabetizado en otro alfabeto (árabe, cirílico, chino): sabe leer, sabe qué es leer, y eso es medio camino. Necesita el código nuevo, y en árabe además cambiar la dirección de la mano.
  • Escolarización interrumpida o nula: aquí sí hay que enseñar a leer desde cero, y hay que hacerlo con materiales de su edad. Un chaval de 10 años con la ficha del osito se avergüenza, y con razón.

Lo que salió mal la primera vez

Quemé al compañero traductor. Era el único de la clase que hablaba árabe y le puse encima toda la comunicación durante un mes; en diciembre ya ponía cara de fastidio cuando yo miraba hacia su mesa. Por eso ahora son dos y rotan, y el papel de acompañar en la fila o en el comedor lo hace cualquiera, hable el idioma o no.

Y usé el traductor del móvil para todo. Traducir cada instrucción retrasa el aprendizaje, porque el niño deja de esforzarse en entender el español y espera la pantalla. Guárdalo para la reunión con la familia, para cuando algo duele y para cuando hay un conflicto de verdad en el patio.

Lo que le digo a la familia en la reunión

Casi siempre me preguntan lo mismo: si deben empezar a hablarle en español en casa para que aprenda antes. La respuesta es que no. Que le sigan hablando en su lengua, la que dominan, con la que le pueden contar cosas complicadas y reñirle bien. Un niño que pierde su primera lengua no gana la segunda más rápido, se queda flojo en las dos.

Y les pido tres cosas caseras: que le lean o le cuenten en su idioma diez minutos, que vaya a las actividades de tarde del barrio aunque no hable, y que vengan a preguntar cuando no entiendan un papel del colegio. Lo del patio de la tarde funciona más que cualquier material que yo pueda preparar. En seis semanas mi alumno no escribía todavía un párrafo, pero discutía una falta en el fútbol.