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Entre Tizas Recursos vivos y sin pantallas para maestros de Infantil, Primaria y familias

A las nueve y diez hay tres que no arrancan: la cena, la tablet y la hora de apagar la luz

· 6 min de lectura
A las nueve y diez hay tres que no arrancan: la cena, la tablet y la hora de apagar la luz

Martes de octubre, nueve y diez, en 3.º. Hemos pasado lista, los abrigos están colgados y empieza la asamblea. Lucía bosteza con la boca entera. Hugo tiene la cabeza apoyada en el brazo, como si la mesa fuera una almohada. Adam no está dormido, pero tampoco está: mira por la ventana y, cuando le pregunto qué tiempo hace hoy, tarda un rato en volver de donde sea que estaba.

A las once, después del patio, son otros tres niños. Hugo levanta la mano dos veces seguidas. Lucía le corrige una resta a la compañera de al lado. Esa diferencia entre la primera hora y la tercera la vemos todas las tutoras. Y muchas veces el origen está lejos del colegio, en la cocina de casa, a las nueve y media de la noche anterior.

Cuánto tiene que dormir un niño de 6 a 12 años

La referencia que usan los pediatras es la del consenso de la Academia Americana de Medicina del Sueño, que respaldó la Academia Americana de Pediatría: de 9 a 12 horas para los niños de 6 a 12 años, y de 10 a 13 para los de 3 a 5, con la siesta incluida si la hay.

Hagamos la cuenta de una casa normal. Si entramos a las nueve y hay que levantarse a las siete y media para desayunar sin carreras, para llegar a diez horas el niño tiene que estar dormido a las nueve y media. Dormido. Estar metiéndose en la cama a esa hora no basta.

Y ahí chocamos con nuestro horario. En España cenamos tarde y nos acostamos tarde, y los niños se acuestan con nosotros: en las comparaciones europeas sobre la hora de irse a la cama, los españoles salen siempre entre los que más tarde se acuestan. Si se cena a las nueve y cuarto, luego se recoge, hay ducha y un rato de dibujos, la luz se apaga a las diez y media. Salen nueve horas, a veces menos. Una hora por debajo de lo que piden los pediatras, cada noche, de lunes a viernes.

A las nueve y diez eso se ve así: niños que tardan en entrar en la tarea, que se frustran antes, que lloran por una goma perdida o se ríen sin poder parar. Un niño de ocho años cansado pocas veces tiene cara de cansado. Lo habitual es que esté nervioso.

La tutoría de Hugo y el folio

Con la madre de Hugo hablé en la tutoría de octubre. Llegó con la defensa preparada, y la entiendo: los dos trabajan hasta tarde, ella llega a casa a las ocho y cuarto, y la cena es el único rato en que están los tres juntos. Si le soltaba que el niño tenía que estar en la cama a las nueve, no me iba a escuchar más.

Así que no se lo dije. Saqué un folio y le pedí que me contara qué pasaba en casa entre las ocho y cuarto y las diez y media, casi minuto a minuto. Lo fuimos apuntando. Y en el folio apareció algo que ninguna de las dos había visto: Hugo merendaba fuerte a las seis y media, a las ocho no tenía hambre, y la cena se iba estirando hasta las nueve y media mientras él veía vídeos en la tablet para no estar en medio mientras se cocinaba. Después, la ducha, la pelea por apagar, la cama a las diez y media y un buen rato dando vueltas.

Eso es todo lo que hace falta para empezar: un folio, un boli y diez minutos de tutoría. Ni sermón ni hoja de recomendaciones fotocopiada. Del folio salieron tres cambios.

Tres cambios que se pueden hacer un martes cualquiera

1. La cena, media hora antes y más sencilla

La merienda se aligeró: un bocadillo pequeño o fruta, para que a las ocho y media hubiera hambre. La cena pasó a esa hora, aunque fuera un solo plato y una tortilla francesa. Si el padre llega a las nueve, se sienta con ellos con un vaso de agua y cena después, o cena antes de lo que le gustaría. La conversación de la mesa se tiene igual. Y se gana media hora de sueño sin discutir ni un minuto sobre la hora de acostarse.

2. La tablet se apaga antes de cenar

Este es el cambio que más protestas trae. Los pediatras piden dejar las pantallas al menos una hora antes de dormir, y en casa se nota por algo muy simple: cuando un vídeo termina, el niño quiere el siguiente. Si la pantalla se apaga antes de la cena, la cena hace de frontera y la pelea se traslada a una hora en la que todos tenemos más paciencia. Mientras se cocina, el niño pone la mesa, pela una mandarina o cuenta qué ha pasado en el patio. Al principio lo hace a regañadientes. A la segunda semana ya lo hacía solo.

3. Una hora fija para apagar la luz, con cuento dentro

Entre semana, la misma hora todos los días, tenga sueño o no. El cuento, o leer él solo en la cama, va dentro de ese rato y no lo alarga. Si ahora apagáis a las diez y media, no paséis de golpe a las nueve y media: adelantad un cuarto de hora cada tres o cuatro días. En casa de Hugo tardaron casi un mes en quedarse en las nueve y media.

Cuando en casa hay varias edades o varios horarios

Un niño de 4 años y su hermana de 11 no pueden apagar a la misma hora. Funciona acostar primero al pequeño y dejar que la mayor lea ese rato en el salón, sin pantalla. Ella lo vive como un privilegio de mayor, y el pequeño no siente que lo mandan a la cama mientras los demás siguen la fiesta.

En las familias con turnos o con custodia compartida, lo que más ayuda es que la hora de apagar se parezca en las dos casas. Una hora algo tardía pero fija sienta mejor que una muy temprana un día y la medianoche al siguiente. Y el fin de semana, que la diferencia con los días de cole no pase de una hora, para que el lunes no empiece como un viaje con cambio de horario.

Lo que suele salir mal la primera semana

Los primeros días el niño se acuesta antes y tarda más en dormirse. Es lo esperable: lleva meses con otro horario. La tentación es tirar la toalla el jueves y volver al de siempre. Hay que darle dos o tres semanas antes de juzgar.

El otro fallo habitual es cambiarlo todo el mismo lunes y con discurso. Se nota la reforma, el niño se pone en guardia y la casa entera acaba discutiendo. Mejor empezar por la cena, que ni siquiera hace falta anunciarla, y dejar la tablet para la semana siguiente.

Hugo en diciembre

No pasó de un día para otro. En noviembre seguía llegando apagado algunos días, casi siempre lunes. Pero una mañana de diciembre, a las nueve y diez, en la asamblea, fue él quien preguntó si podía contar algo. Había nevado en la sierra y quería saber si la nieve llegaría a Madrid. A Adam todavía le cuesta volver de la ventana. Su madre tiene tutoría conmigo el jueves, y ya tengo el folio preparado.