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Entre Tizas Recursos vivos y sin pantallas para maestros de Infantil, Primaria y familias

El que no lloró el primer día lloró el quinto: el periodo de adaptación en 3 años, visto de cerca

· 6 min de lectura
El que no lloró el primer día lloró el quinto: el periodo de adaptación en 3 años, visto de cerca

El primer día entró él solo. Soltó la mano de su padre en la puerta del aula, miró la alfombra, vio los coches de la caja azul y se fue directo. Ni se giró. Su padre se quedó en el pasillo con cara de no saber qué hacer con las manos, y una compañera me dijo por lo bajo lo que se dice siempre: «este no da problema».

El quinto día, ese niño se agarró al marco de la puerta y no hubo forma. Lloró como no lloró ninguno. Y su padre, que llevaba cuatro días saliendo del cole tranquilo, salió al borde de las lágrimas pensando que algo había pasado dentro.

No había pasado nada. Solo que se había enterado.

Por qué el llanto llega tarde

A los tres años, el primer día el colegio es una novedad. Hay juguetes que no se han visto nunca, niños nuevos, un patio enorme. La novedad tira mucho y tapa el resto. Al segundo, al tercero y al cuarto día se empieza a entender la parte que nadie explicó bien en casa: que esto no es una visita, que va a pasar otra vez mañana, y que hay un rato largo en el que su gente no está.

Por eso en mi aula miro con más atención al que no llora que al que llora. El que llora lo está soltando. El que no llora a veces también lo está pasando mal, solo que hacia dentro: se queda de pie en medio de la clase sin tocar nada, no come, no pide pipí, no habla en dos semanas. Ese me preocupa más, y ese es el que suele estallar el lunes de la segunda semana, cuando toca volver a empezar después de dos días en casa.

La despedida en la puerta: treinta segundos, siempre igual

Lo que más cambia esas dos semanas no es lo que hacemos dentro del aula. Es cómo se despide la familia en la puerta. Y ahí sí hay cosas que funcionan mejor que otras.

Lo que ayuda:

  • Una despedida corta y con la misma fórmula todos los días. Un beso, una frase fija («te recojo después de comer»), y salir. La frase tiene que ser la misma palabra por palabra: a esta edad la repetición es lo que hace previsible el mundo.
  • Decir la verdad con una referencia que él entienda. No «ahora vengo», que es mentira. Sí «vengo cuando terminéis de comer» o «vengo cuando salgáis al patio».
  • Que traiga y recoja la misma persona toda la primera semana, si en casa se puede organizar.
  • Llegar con margen. El niño que entra corriendo porque llegan tarde entra ya nervioso, y eso se nota toda la mañana.
  • Un objeto de casa en la mochila. Un pañuelo, un peluche pequeño, una foto de la familia plastificada. En mi clase la pegamos en la percha, y hay quien va a mirarla tres veces por la mañana. Está bien que vaya.

Lo que la lía:

  • Marcharse sin decir adiós, aprovechando que está distraído. Se ahorra el llanto de ese día y se paga con creces: al siguiente no suelta la mano de nadie, porque ha aprendido que la gente desaparece.
  • Volver a asomarse por la ventana o por el cristal de la puerta. Cuando el niño ya se ha calmado y vuelve a ver a su madre, empezamos de cero.
  • Alargar la despedida. Cinco minutos de abrazos en la puerta no consuelan; suben la tensión.
  • Negociar. «¿Te quedas si te compro…?» convierte la entrada en un mercadeo diario.
  • Preguntarle delante de él a la tutora si ha llorado, con esa cara. Nos lo cuenta todo esa cara.

A las familias les digo lo mismo en la reunión de septiembre: llorar en la puerta no es que el niño esté mal. Es que le importáis. Lo raro sería lo contrario.

Qué hacemos dentro esos días

Nada espectacular, y a propósito. Las dos primeras semanas en 3 años no van de contenidos, van de que el aula se vuelva un sitio conocido. Entramos en grupos pequeños y con horario reducido, que es como se hace en muchos centros, y el día es cortísimo y muy repetido: la misma canción de entrada, el mismo sitio en la alfombra, la foto con el nombre en la percha y en el vaso, la caja de coches, la de animales, agua y plastilina en la mesa, un cuento de dos minutos, patio.

Fichas, ninguna. Materiales nuevos cada día, tampoco: la novedad, esa semana, no consuela. Lo que consuela es reconocer.

Y observamos, que es la mitad del trabajo. Quién come y quién no, quién duerme la siesta si hay, quién pide pipí y quién se moja porque no se atreve a pedirlo, quién juega solo y quién se ha enganchado ya a alguien. Eso es lo que luego contamos en la tutoría de octubre, y no «se ha adaptado bien».

No todos empiezan en el mismo sitio

En el mismo grupo tengo al que viene de escuela infantil y para el que esto es un cole más grande y poco más; al que ha estado tres años en casa con la abuela y para el que es la primera separación de verdad; al que tiene un hermano en Primaria y llega con el edificio ya medio conquistado; y al que en casa habla otra lengua y además de separarse tiene que entenderme.

Con el que viene de casa, ir despacio con el contacto: no forzar el beso ni el abrazo de la maestra el primer día. Con el que no entiende el idioma, gesto y objeto siempre a la vez: la palabra «agua» con el vaso en la mano. Con el que se apaga en vez de llorar, buscarle un encargo pequeño (repartir los babis, llevar la caja) para tener una excusa de acercarme sin obligarle a hablar.

Lo que suele salir mal la primera vez

El momento difícil no siempre es la entrada. Muchas veces es la salida: el niño aguanta toda la mañana estupendamente y se derrumba en cuanto ve a su madre en la puerta. Es buena señal, aunque no lo parezca.

El otro clásico es el segundo lunes. Después del fin de semana hay un pequeño retroceso casi seguro. Si en casa lo esperan, no lo viven como un fracaso.

Y luego está el interrogatorio de la salida. «¿Qué has hecho hoy? ¿Con quién has jugado? ¿Has comido? ¿Te has portado bien?». Con tres años, eso agota. Funciona mucho mejor contar tú primero algo tuyo del día y esperar. Suele salir a la hora de la cena, o en el baño, sin venir a cuento.

Cuándo llamar a la tutora

El periodo de adaptación no termina el día que deja de llorar en la puerta. Hay niños a los que en tres días se les pasa y otros que tardan semanas, y ninguna de las dos cosas dice nada sobre cómo les irá el curso.

Sí conviene sentarse a hablar cuando, pasado un mes largo, sigue sin comer nada en el comedor, duerme mucho peor que en agosto, ha vuelto a hacerse pipí de noche después de mucho tiempo seco, o sencillamente en casa se ve que algo no encaja. Para eso está la tutoría, y esa conversación en octubre vale más que veinte mensajes sueltos en la puerta con prisa.