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¿Por qué con un grupo puedo y con el otro no, si hago lo mismo?

· 6 min de lectura
¿Por qué con un grupo puedo y con el otro no, si hago lo mismo?

El curso pasado tuve dos terceros de ESO seguidos, Matemáticas, martes por la mañana. Mismo profesor, mismos ejercicios, misma programación. Con el A entraba y a los dos minutos estábamos haciendo algo. Con el B nunca conseguí bajar de los diez minutos de barullo, y en marzo seguía igual. Me pasé el curso buscando la explicación en ellos: que si el grupo, que si la hora, que si el compañero de la clase anterior los soltaba tarde.

La explicación era del 14 de septiembre.

Con el A llegué antes de que sonara el timbre. Estaba en la puerta cuando subieron. Fueron entrando y yo iba diciendo dónde se sentaba cada uno, y en la pizarra había tres operaciones para hacer. Con el B llegué justo, porque venía de la otra punta del edificio, y me encontré a veintiocho ya colocados donde les dio la gana y a mí buscando el mando del proyector en un cajón. Empecé la clase de verdad casi al cuarto de hora. Y para entonces ya les había enseñado, sin decir una palabra, que en mi clase el principio es un rato muerto.

Lo que se fija el primer día y luego no se despega

No son las normas. Las normas las dije en los dos grupos, y las dije igual, y en los dos me escucharon con esa cara educada de quien está pensando en otra cosa. Lo que se fijó fueron cuatro cosas que yo no estaba enseñando a propósito.

Dónde se sienta cada uno. El primer día, un grupo se autoorganiza en treinta segundos: los amigos juntos, los que no quieren mirarte al fondo, el que llega el último donde queda hueco. Si no interviene nadie, esa foto es la del curso entero. Podrás cambiarla en octubre, sí, pero ya no es organizar: ya es castigar. «Vosotros dos os separáis» significa algo muy distinto en septiembre y en octubre, aunque las palabras sean idénticas.

Si se puede hablar sin pedir turno. Esto se decide en la primera pregunta que hagas. Si preguntas al aire y contestan cuatro a la vez y tú te quedas con la respuesta del más rápido, acabas de firmar el contrato: aquí se responde gritando y gana el que más grita. Si preguntas al aire, esperas, y luego dices un nombre, has firmado otro. Los dos son legítimos. Lo malo es firmar uno sin enterarte y pretender el otro en noviembre.

Cuánto se tarda en empezar. Si en la primera sesión tú también estás buscando el cable del proyector, pasando lista despacio y contando cómo fue tu verano, has puesto el reloj. Ese reloj es tozudo. En una clase de cincuenta minutos, siete minutos de arranque son casi siete horas de curso en una asignatura de cuatro sesiones semanales. Y no es tiempo que se pierda de golpe, que sería más fácil de ver: se pierde en trocitos que nadie apunta en ningún sitio.

Qué pasa cuando alguien llega tarde. El primer rezagado del curso es el más importante del curso. Lo que hagas con él lo ven veintisiete personas. Si paras la clase, le preguntas de dónde viene y montas una escena de dos minutos, has enseñado que llegar tarde es un acontecimiento con público. Si le señalas su sitio con la cabeza y sigues hablando, has enseñado que llegar tarde te deja fuera de algo que ya está pasando.

Lo que crees que estás haciendo el primer día Lo que el grupo aprende de verdad
Presentar la asignatura y los criterios de evaluación Cuánto se tarda aquí en empezar a trabajar
Ser cercano dejando que se sienten donde quieran Que el mapa del aula lo deciden ellos
Fomentar la participación aceptando respuestas espontáneas Que se contesta a voces y gana el más rápido
Ser comprensivo con el que llega tarde el primer día Que entrar tarde tiene su momento de atención

Qué se puede hacer, y sin permiso de nadie

Nada de lo que viene aquí necesita aprobación del claustro, ni figurar en la programación, ni un proyecto de centro. Es tuyo y de tu puerta hacia dentro.

  • Estar en la puerta antes que ellos. Esto vale más que cualquier discurso. Doug Lemov lleva años insistiendo en lo mismo en Enseña como un campeón: el control de un aula se juega en el umbral, no dentro. Si tienes la clase anterior lejos, negocia con quien haga falta salir un minuto antes, o llega el primer día aunque sea a costa del café.
  • Llevar el mapa de asientos hecho de casa. Por orden de lista, por sorteo, como quieras, pero decidido antes de entrar. Y dilo sin justificarte: «Hoy nos sentamos así». El primer día nadie discute un plano; en octubre lo discute todo el mundo.
  • Tener algo escrito en la pizarra antes de que suene el timbre. Tres operaciones, una pregunta de la asignatura, un texto de cuatro líneas. Que se entre a hacer algo, no a esperar. Cuesta cinco minutos de preparación y compra el arranque de todo el curso.
  • Ensayar lo que sea que vaya a repetirse. Si quieres que levanten la mano, la primera pregunta la respondes solo con manos levantadas, aunque haya un silencio incómodo de doce segundos. Ese silencio es la clase entera. Si lo rompes tú, ya no habrá otro.
  • Decidir de antemano tu gesto para el que llega tarde. Un gesto, ninguna palabra, y sigues. Si hay que hablar, se habla al final, en la puerta, sin público.

Lo que no funciona y sigue apareciendo en todas partes

El primer día canónico es este: presentación con dinámica de la pelota, normas consensuadas entre todos, cartel bonito en la pared con las cinco reglas del aula y, si el centro es de los organizados, un contrato firmado por cada alumno.

Casi nada de eso deja huella en marzo. Las normas consensuadas suelen salir del alumnado que ya cumpliría cualquier norma, y quedan redactadas en un lenguaje que nadie usa nunca más («respetar el turno de palabra»). El cartel lo miran dos semanas. El contrato firmado no tiene consecuencia ninguna cuando se incumple, y todo el mundo lo sabe desde el momento de firmarlo.

Se sigue recomendando porque es lo único de todo esto que se puede documentar. Un plano de asientos y el hábito de estar en la puerta no se ven en ninguna acta; un cartel de normas se fotografía y se pega en la memoria del departamento. Y porque es cómodo: consensuar normas se hace en una sesión y se acabó, mientras que sostener un arranque de dos minutos hay que hacerlo ochenta veces.

Con el B lo intenté en enero, después de una tutoría desastrosa. Cambié el plano de asientos, puse ejercicios en la pizarra, me planté en la puerta. Funcionó a medias, y la mitad que no funcionó me costó tres semanas de discusión con dos chavales que llevaban desde septiembre sentados al fondo por derecho adquirido. En septiembre habría sido gratis. Es la única razón por la que ahora, el primer día, llego pronto aunque me quede sin café.