¿Por qué el examen que corrijo el último saca peor nota que el primero?
Junio, ciento cuatro exámenes de Historia de 4º de ESO, dos tardes por delante y la mesa de la cocina como único despacho. La pregunta larga era la de siempre: explica las reformas de la Segunda República y valora sus resultados. Empecé a las cinco, con el bolígrafo rojo afilado y la paciencia intacta. Sobre el examen número ocho escribí tres líneas de comentario. Sobre el número noventa escribí «flojo».
Lo que pasó después me sigue incomodando. Al terminar, por curiosidad más que por rigor, saqué cuatro exámenes del final del montón y los volví a leer al día siguiente, en frío, sin mirar la nota que les había puesto. Tres subieron. Uno subió punto y medio. Ese chaval había escrito exactamente lo mismo que un compañero al que la tarde anterior le había puesto un siete, y él tenía un cinco y medio porque tuvo la mala suerte de caer el último.
Un sesgo con nombre propio
Lo primero que uno piensa es que se cansa y punto, que es cuestión de dormir más. Pero lo que se deteriora no es la vista: es el criterio. A medida que avanza el montón pasan tres cosas a la vez.
- El listón se mueve. Después de leer cuarenta veces la misma respuesta mediocre, una respuesta correcta parece brillante. Después de leer tres exámenes excelentes seguidos, uno normal parece pobre. La nota que pongo depende de lo que acabo de leer, no solo de lo que tengo delante.
- El comentario se encoge. Al principio explico por qué falla el argumento. Al final subrayo y pongo un signo de interrogación. El alumno del final recibe menos información y con eso le pedimos que mejore.
- Dejo de leer y empiezo a reconocer. Busco las tres palabras que espero (Ley de Bases, latifundio, reforma) y si aparecen, doy por bueno el párrafo. Es un atajo razonable a las once de la noche y es también la puerta por la que se cuela el alumno que ha memorizado el vocabulario sin entender nada.
Que la corrección de textos largos es inestable no es una intuición de claustro. Starch y Elliott lo enseñaron hace más de un siglo: mandaron un mismo examen de instituto a decenas de profesores y las notas cubrían prácticamente toda la escala. El mismo folio, gente formada, criterios oficiales. Si la variación entre correctores es esa, la variación de un mismo corrector a lo largo de una tarde larga tampoco es cero.
Lo que se puede cambiar el lunes por la mañana, sin permiso de nadie
Nada de lo que viene requiere aprobación del departamento ni cambiar la programación. Son cambios en cómo me siento a corregir.
Corregir por preguntas, no por exámenes
Todas las preguntas 1 de los ciento cuatro exámenes seguidas. Luego todas las 2. Suena a más trabajo y es exactamente lo contrario: mantienes un solo criterio en la cabeza en vez de recargar cuatro criterios distintos cien veces. En mi caso bajó el tiempo total, aunque lo que de verdad noté fue otra cosa: dejé de discutir conmigo mismo si el medio punto de la pregunta 3 se lo había dado igual al de antes.
Tiene un coste real: hay que pasar el montón entero cuatro veces y anotar las notas parciales en una hoja aparte, con el número de examen, no con el nombre. Son quince minutos más de logística.
Tres respuestas ancla antes de empezar
Antes de poner la primera nota, leo diez exámenes sin corregirlos y elijo tres: uno claramente bien, uno justo en el aprobado, uno claramente insuficiente. Los dejo a la izquierda de la mesa. Cada quince o veinte exámenes vuelvo a mirar el del aprobado justo. Es un termómetro. Si de repente me parece flojo, es que he subido el listón sin darme cuenta; si me parece notable, lo he bajado.
Barajar el montón a mitad
Si los exámenes llegan por orden de lista, los mismos apellidos van siempre al final de todo, en todas las asignaturas, todo el curso. Barajar entre pregunta y pregunta reparte la fatiga en vez de concentrarla sobre los mismos cuatro alumnos durante nueve meses.
No ver el nombre
Este es el que más resistencia da y el que más cambia las notas. Pedir que escriban el nombre en el reverso, o doblar la esquina, cuesta diez segundos. Yo me resistía con el argumento de siempre: conozco a mis alumnos, sé quién sabe y quién no, y eso me ayuda a interpretar lo que ha querido decir. Es verdad. También es verdad que a la alumna que participa mucho le leo la frase ambigua a favor y al que llevo tres meses discutiendo el móvil se la leo en contra. Las dos cosas ocurren en la misma cabeza.
Con nota parcial anotada por número y el nombre tapado, la conversación con uno mismo cambia. Sabes la nota antes de saber de quién es. Cuando destapas y te llevas una sorpresa —y te la llevas—, esa sorpresa es información sobre tu criterio, no sobre el alumno.
Lo que no funciona y sigue apareciendo en cursos
La rúbrica de doce criterios con cuatro niveles cada uno. Sobre el papel es impecable. En la práctica, con ciento cuatro exámenes, se aplica entera los diez primeros y a partir del once se convierte en una impresión global a la que se le buscan casillas que la justifiquen. Cuatro criterios con descriptores cortos y tres ejemplos reales al lado hacen más que cuarenta y ocho casillas.
Y la otra: corregirlo todo el mismo día para quitárselo de encima. La entrega rápida es buena para el alumno, pero dos sesiones de cuarenta con una noche en medio dejan notas más parecidas entre sí que una sesión heroica de ochenta. Si hay que elegir entre devolver el viernes con el criterio desfondado o el lunes con el criterio entero, prefiero aguantar la pregunta de «¿cuándo nos las das?» durante un fin de semana.
Aquel junio no rectifiqué las notas. Estaban entregadas, la sesión de evaluación había pasado y el chaval del cinco y medio nunca supo que su nota dependió del sitio que le tocó en el montón. Lo que hice fue empezar septiembre grapando las hojas al revés, con el nombre escondido.